Primero que nada, es muy importante no exagerar el empeño en olvidar aquella cosa que se pretende olvidar. La sola acción de recordar todo el tiempo que se debe olvidar la cosa, sólo nos llevará a recordar la existencia de aquella cosa, hechando por tierra toda intención de olvido.
Segundo: No es recomendable someterse a una descomunal borrachera (aun amena), ya que al buscar las razones del dolor de cabeza de la mañana siguiente, se deberá luego recordar las razones por las cuales se llegó a la embriaguez, acabando por fin en el recuerdo de aquella cosa a olvidar. Invariablemente, a fin de culpar a algo de nuestro malestar, estaremos recordando lo que se pretende olvidar.
Tercero: Frase falaz como pocas aquella que reza que “un clavo saca a otro clavo”. Pues el entreveramiento con nuevas personas, luego de la excitación lógica por lo nuevo y desconocido, conducirá indefectiblemente a la práctica de la comparación. Comparación con aquello que se pretendía olvidar. Demás está decir que el resultado no es el deseado.
Cuarto: No evitar lugares o factores externos que faciliten el recuerdo de la cosa. Por ejemplo: el evitar una determinada esquina que guarde algún recuerdo, sólo conseguirá recordarnos los motivos por los cuales debemos tomar otra calle y no esa.
Por último, queda como conclusión que todo es falso, todo es inútil. No hay posibilidad de olvido.
Seguramente usted, amigo lector, quedará en éste momento con un sabor amargo en su boca, ante la inutilidad del presente texto y lo engañoso de su título.
Sólo un consuelo nos queda. Recordar aun puede ser maravilloso. Somos recuerdos. Y recuerdos de recuerdos. No otra cosa.
Por qué? Por qué puta razón me pasa esto? Se supone que esperé toda la vida éste momento. Años de sacrificios, de preparación, de consagración absoluta a éste sueño. A este puto sueño que estoy cumpliendo. Que me cuesta. Y acá estoy, a minutos de cumplirlo, a apenas minutos de convertirme en leyenda, en historia de la grande. Por qué me viene esto a la cabeza justo ahora?
Creí que en 4 días de viaje iba a extrañar a mi familia. A mi mujer, a los chicos. La vida cotidiana. Pero no, no tuve tiempo para eso. Todo el trabajo de éstos interminables días fue lo único que ocupó mi cabeza. Hasta ahora.
Tengo que abrir la escotilla, tengo que salir y plantar mis pies en este suelo virgen.
Pero en todo lo que pienso es en devorarme una enorme, jugosa y sabrosa Big Mac.
No me vengan con “un pequeño paso para el hombre, un gran paso para la Humanidad”. Nada de eso. Tengo hambre, mucha hambre. La comida de astronauta es una mierda. Comida deshidratada. Porquerías embolsadas. Y la no-gravedad que me retuerce las tripas.
Salgo. Sí, sí. Muy bonito todo. Inmenso. Un desierto de talco. Un horizonte limpito y que da miedo. Pero nada, nada me emociona. No puedo sacar de mi cabeza esa enorme Big Mac de los posters.
La puta madre, estoy a 384 mil kilómetros de un Mc Donald`s. Muerto de hambre. Cómo no hay en la Nasa un sólo ser bienpensante que quisiera instalar una sucursal acá?
Soy el primer puto hombre en la puta luna. Y no pasa nada. No me pasa nada. Nada, nada, nada, sólo hambre.
Es proverbial la profunda inclinación de numerosas dictaduras por la quema de libros. Desde los más remotos confines de la historia, quienes han ejercido de modo dictatorial el poder sobre sus pueblos, han tenido la precaución de borrar aquellas “armas” que podían provocar la sublevación de los oprimidos. Bien sabido es que todo dictador tiene un desmedido miedo de dejar de ser temido.
Bien, yo les voy a contar acerca de una de las más recientes dictaduras que ha retomado el hábito de la vejación de libros. La de Simona.
Simona es mi gata.
Hay que hacer una salvedad. Simona no quema libros. Sin embargo, tiene unas cuantas estrategias para acabar con ellos. Algunas verdaderamente perversas, que no los destruyen, pero impiden su lectura, como acostarse sobre ellos cuando uno está ejerciendo inmiscuído en sus párrafos. Pero también los pisotea, arruga sus hojas, los araña e incluso hasta puede osar de comerse los márgenes.
No hay en ella una determinación ideológica. Al menos en apariencia. Puede hacerlo con un libro de Galeano o uno de Vargas LLosa, o hasta con el diario de hoy.
Alguna vez Mafalda se preguntó a qué sector de la democracia representaban los gatos. Yo me preguntaría mejor cuál es la ideología que poseen éstos felinos.
Mientras tanto, el reinado del terror de Simona para con los libros continúa, sin que ningún líder mundial se pronuncie al respecto.
Desde la resistencia seguiremos informando.
Cambio y fuera.
